Homenaje al Ingeniero Industrial Antonio Peña

Hoy, día 28 de enero, hace justo 20 años que mi padre falleció. Llevo días pensando mucho en él, especialmente después de la reciente muerte a los 80 años de mi amigo Mariano Fernández, que tanto cariño y apoyo me regaló.

Después de tantos años, siento que es momento de rendir un homenaje a Antonio Peña Molina, de quien he heredado tanto, y lo hago por todos los recuerdos que hoy me llegan de él, en especial al echarle de menos al feliz cierre del primer ejercicio de TuComex, que hubiera deseado poder contarle.

TuComex es mi primer emprendimiento, y me hubiera encantado compartir con él muchos detalles, decirle el esfuerzo que hay detrás de esos buenos resultados y mostrarle la relevancia de algunos de los hitos que hemos marcado. Recibir su cálido aplauso. Sentir su orgullo de padre.

Yo estaba aún en la Universidad cuando feneció y me sentí totalmente desprovista de abrigo, de ese cobijo tan crucial que por derecho recibimos de los progenitores desde que nacemos. Esa protección que no hay que pedir ni que rogar. Sé que quizá es algo injusto decirlo así, porque no me quedé ni mucho menos sola en el mundo: permanecían a mi lado principalmente mi madre, a la que adoro y a la que tanto debo cada día, y mis hermanos, a quienes tanto quiero y con quienes sé que siempre puedo contar. Pero la figura de un padre es un paraguas frente a la lluvia, es ese puerto de mar siempre abierto, es ese faro en la noche que nunca falla, da igual si hay luna llena o luna nueva, es alguien dispuesto a luchar por sus hijos sin demora y pese a quien pese. Un padre, de puertas afuera, está siempre de nuestro lado, y ya luego dentro lavará los platos en familia si hace falta, pero esa defensa es algo poderoso, es disponer de la confianza de un cheque en blanco firmado. Con un padre, uno va acorazado por defecto, uno se siente un pequeño Superman. Así me sentía yo, Superman, volando poco a poco, cada vez más alto.

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Mi padre era un incondicional, un todopoderoso que me daba confianza en mí misma y fe para creer en que lo podía lograr todo, no importaba cuán lejos estuviera el objetivo. Me dijo que debía apuntar a lo más grande, que yo podría con todo, y por él me matriculé para ser Ingeniero Superior Industrial en la UPM. Y cada vez que dudaba o se me hacía difícil alguna asignatura, o los métodos de examen, él me decía, sin un ápice de preocupación, que no había duda de que lo iba a conseguir, y que aquello no era sino pequeños baches del camino. Me dijo además que con los idiomas que sabía el mundo entero era para mí. Idiomas que me animó a estudiar mi hermano Carlos, también Ingeniero Industrial, con quien empecé en la Escuela de Idiomas allá por el 91.

Desafortunadamente, no me dio tiempo a terminar la carrera antes de su muerte y me quedé sin mostrarle que no solo pude con esos estudios, como él me decía, sino que también laboralmente fui prosperando, creciendo profesionalmente hasta superar mis propias expectativas, llegando a liderar más de 30 equipos internacionales a la vez. Dirigiendo corporativa y globalmente a la propia Dirección de oficinas y fábricas en 20 países. Sé que hoy estaría orgulloso de mí. Sé que valoraría positivamente todos los puestos de Dirección Senior que he desempeñado, y me repetiría que ya me había dicho él que lo iba a hacer bien.

Sin embargo, si hay algo que desearía que viera de mi vida profesional es cómo he construido un proyecto tan bonito como TuComex, un proyecto hecho desde el corazón, cómo he sido capaz de emprenderlo y dirigirlo, y además hacerlo exitosamente personal y profesionalmente: 71 proyectos internacionales, beneficios desde el primer año, salario de Directiva desde el primer año, equipo internacional con oficinas en 15 países, mas de 50 expertos senior en el equipo, Jornadas TuComex, Congreso TuComex, Premios TuComex, etc. Además, dejo a los niños en el colegio y los recojo casi a diario, trabajando a escasos metros de donde ellos estudian, y junto al mejor compañero que la vida podría haberme regalado, y que ocupó en su ausencia su lugar de protector. Me encantaría poder debatir con él la estrategia internacional, los objetivos que tengo a tres años, los proyectos más relevantes, los obstáculos que he tenido que saltar, etc.

Y cuando me veo contándoselo en mi imaginación, de pronto me doy cuenta de cuánto tengo de él a fecha de hoy. Es asombroso: es ahora, con 44 años, que me veo en él casi como en un espejo.

Antonio Peña Molina, mi padre, era Ingeniero Industrial como yo, con horóscopo de fuego como yo, e igualmente también era pura energía, alguien incansable. Tenía ilusión por todo, por viajar, por la Historia, por leer, por estar informado… Era realmente multidisciplinar.

Valoraba lo bello, por ello adoraba a mi madre; eligió a la más guapa, estoy segura 😊. Mi madre es bonita por fuera, pero mucho más por dentro. Mi padre era elegante, al vestir y al hablar, por eso imagino que logró conquistarla. Fruto de ello, siento que la belleza me hipnotiza, y viajo buscándola: un atardecer en Cabo de Gata, un cuadro de Sorolla, el Retiro, una fachada en la calle Serrano, un callejón del Trastevere romano, el lago Hanzhou, las nubes sobrevoladas a 10.000 pies, un Spritz en la Galleria Vittorio Emanuele en Milán etc.
También valoraba lo bueno, razón de más para que igualmente fuera mi madre la persona con la que decidió tener 7 hijos, porque ella es todo corazón, una piedra preciosa. Y razón por la que mi marido es todo corazón. Le imité, yo también quería un tesoro.
Le gustaba el jamón, el queso y el buen vino. Quien me conoce sabe que podría vivir comiendo solo con eso, si añado tomate, un poco de pan y algo de fruta. ¿Y el vino? ¿Qué decir? Una pasión.

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Valoraba además la familia y la cultura, que para él eran indispensables, gracias a lo que hoy mis hermanos y yo estamos unidos, muy cerca de mi madre, y todos ellos son de las personas más cultas que conozco. Gracias a eso, yo tengo mi propia familia numerosa, algo que deseaba enormemente, y que hoy es lo mejor que mi marido y yo hemos construido juntos. Hijos que adoran viajar, leer y aprender.
Valoraba exprimir la vida, y por ello, seguramente, yo llevo una vida tan intensa y no dejo que pase un día sin sentir que me he dejado el alma porque sea un día importante, uno especial que marque diferencia y sume en la cuenta de resultados de mi vida.
Valoraba el esfuerzo, el sacrificio, y por eso el trabajo es mi marca personal. La excelencia, el rigor, la entrega.
Valoraba la justicia, por eso siento apego por la justicia universal, el win-win, la colaboración, la sostenibilidad. Llevo años compartiendo todo mi conocimiento, ya que creo que mi propósito en mi carrera es divulgar, ayudar a otros. TuComex es la puesta en práctica de ese propósito, una empresa que ayuda a otros profesionales, porque les hace la vida más fácil.

Podría hablar del tipo de trabajos que desarrolló, pero creo que no me toca a mí hablar de eso, sino a los compañeros que convivieron con él y que pudieron apreciarlo en esa faceta.
Sin embargo, sí sé la pasión que le ponía al trabajo, lo que nos compartía en casa, lo que le entusiasmaba… Lo que se esforzaba por hacerlo bien y que resultara algo de valor para la sociedad. Trabajó en sus últimos años en el desarrollo industrial de Castilla La Mancha, ayudando a empresas y Ayuntamientos de la región a que dieran lo mejor de ellos, a que se transformaran para los nuevos tiempos, ayudándolos con recursos para que lograran tener éxito en el cambio. Y yo me veo hoy igual: ayudando a empresas de la región, o de España entera, a salir al exterior, ayudándoles a tener confianza en sus productos, en su calidad, y formándoles en comercio internacional, para que tengan éxito en esta transformación global del mundo.

Hoy me veo en él, pero solo a medias. Me falta aún tener toda su nobleza (su capacidad de renuncia a sus hobbies, o a un estatus, o a cualquier privilegio por darnos a sus hijos lo mejor), me falta tener su ejemplaridad (sus noches sin dormir, conduciendo desde la otra punta de España para vernos, o para hacernos fácil un viaje) y otras decenas de cualidades extraordinarias, al margen de que fuera un ser humano, con todo lo que ello conlleva. Veo ahora a mis hijos y querría no faltarles nunca, poder estar a su lado siempre para ver sus vidas, estar cerca. Pero estar cerca es también que me recuerden como hoy hago yo con mi padre, incluso veinte años después de que se marchara de lo terrenal para estar dándonos cobijo desde el cielo o desde donde él haya decidido que nos da más abrigo, quizá en la brisa de la tarde en el Mediterráneo, desde su amada Almería.

Homenaje a Antonio Peña 1

Maravilloso retrato de mi padre pintado por Carmen Peña Andrés, mi hermana.

Me gustaría que mis hijos pudieran verse en mí por ese amor que siento por la vida, o por mi amor a mi familia (a ellos y a su padre por encima de todo, y también por supuesto a mi madre y a mis hermanos).
Del trabajo, no sé si necesito que se vean en mí, sino es por mi amor a lo que hago, que me hace completar mi vida y hacer de ella una vida feliz.

Ahora que gracias a TuComex estoy más cerca de ellos a diario, no deseo sino que vivamos juntos esta aventura de emprender y sientan mi profesión como parte de ellos, algo que comparten día a día conmigo, que sientan esta empresa como algo suyo, como yo siento a su equipo del colegio cuando voy a verles a sus partidos de baloncesto, o que sientan orgullo como cuando yo les veo montar a caballo o tocar la guitarra eléctrica, o que sientan curiosidad y ganas de acompañarme como cuando yo veo en el sofá junto a ellos los documentales que les piden ver en el colegio.

Definitivamente, quiero que mis hijos me vivan y yo vivirles. Y así ellos vivirán a su abuelo, al Nono, a quien no pudieron conocer, pero que espero que hoy conozcan algo más por este pequeño homenaje que tanto le debía y que hasta hoy no supe cómo expresar.

Papá, te echaré de menos otros 20 años más. Por favor, sigue ahí, sobrevolando sobre nosotros como esas nubes que uno divisa cuando mira al cielo.

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