Hace unos meses le pedí consejo sobre cómo seguir creciendo como empresaria y directiva en TuComex a uno de mis clientes -un empresario internacional con más de 40 años de experiencia- al que aprecio mucho.
Me dijo que tenía muchos puntos fuertes, pero que me faltaba echarme a la mar. Sentir los vaivenes del mar. Tener respeto por su inmensidad y estar atenta a sus cambios. Conocer qué es un fuerte oleaje, e incluso un naufragio. Verme en situaciones difíciles y confiar en mis recursos para salir adelante.
Entonces me resultó poético su consejo, pero no terminaba de entenderlo del todo. Concluí que quizá lo que me quería decir es que aún me faltaban algunas experiencias intensas que la vida te presenta sólo si te permites a ti mismo la oportunidad de lanzarte a proyectos verdaderamente grandes, a retos importantes que quizá salgan bien o quizá no, pero sólo el intentarlo te aporta esa grandeza.
Y así es la vida, que hilvana con un hilo literario nuestras historias. Este verano me he tenido que enfrentar –como otras veces en el pasado– a diferentes situaciones totalmente nuevas, tanto en mi vida laboral como en la personal. Esto siempre obliga a un ejercicio de inmersión en uno mismo para conocerse mejor y sentir hasta dónde es uno capaz de manejarse.
La diferencia en esta ocasión respecto a veces anteriores es que sentía que estaba en un momento en mi vida en el que romper algunas cadenas que me ataban, algunos miedos infundados o no, y sobre todo, coger el timón a pesar de lo que pueda acontecer. En definitiva, entendía que era el momento de echarme a la mar, como me decía mi cliente, aunque pudiera hallar fracaso o no llegar al destino que espero.
Y me he echado a la mar. Esa de la que hablaba mi cliente, pero también en el propio sentido literal.
Ahora me acompaña en mi vida un amigo más: un velero… Es un barco discreto, sencillo, pero ideal para aprender a navegar. Un compañero de viaje que ya me ha dado muchas horas inolvidables de diversión y alegría este verano, pero sobre todo, de conocimiento del mar y de mí misma.

Este barco es mi hogar cuando me alejo de puerto, y por ello, he pasado mucho tiempo en él, incluso cuando ha estado amarrado junto al pantanal, dotándolo de provisiones (frutos secos, refrescos y cervezas… y especialmente un Chivas para compartir largas veladas con amigos). También lo he provisto de diferentes detalles decorativos, e incluso de todo el equipamiento para pasar la noche en él, algo que ya he experimentado como si fuera una quinceañera, que vive así aventuras inenarrables y felices.

¿Qué he aprendido?
Que al salir a navegar el tiempo es voluble. No se puede controlar. Uno sabe cuándo parte, pero no lo que encontrará ese día, ni cuando retornará a casa. Navegar es un proyecto en el que uno se embarca con la determinación de disfrutar de esta pasión, pero debe hacerse sin prisa, guiado por el sol, y lo mejor: sin rumbo ni destino, mecido por las olas allá donde a ellas se les antoje acunarnos. El único objetivo es sentir el mar, sentir la brisa, disfrutar de ese momento único que se presenta ante nosotros.

Además, navegar es un trabajo que se hace verdaderamente en equipo, ya que uno no navega solo, sino que comparte el rumor del mar con los otros tripulantes, se escora a un lado del velero con los otros compañeros para ser parte del viento y ayudar así a las velas a llenarse de oxígeno, aporta sus ojos allá donde los de los otros no llegan, para completar una visión “360 grados de horizonte”, confía y se compenetra para cada maniobra con la actividad de los demás, atendiendo a sus señales de viraje, de izado de velas, etc.

Desde que se sueltan amarras, se rompe el lazo con la tierra y se crea una familia, que experimenta las mismas sensaciones en una navegación conjunta: todos velan el latido de las velas, sienten el fresco aliento del viento, escuchan el susurro del mar, se llenan de la energía poderosa de un amanecer o de la magia de esa luz fulgurante de los mejores atardeceres.

Este verano me he dejado llevar a nuevas experiencias con el barco, de la mano de un equipo maravilloso que se hacía a navegar desde la prudencia y el respeto.
Y también, arrancando desde este verano, sé que vendrán nuevas aventuras con TuComex para el otoño, en las que me sumergiré para disfrutarlas, venga el viento de poniente o de levante o del sur. El mundo internacional es como el mar, inmenso, cambiante, una incógnita, y lo único que podemos hacer es conocernos, dejar que el mar nos lleve, y trabajar por navegar con diligencia y con un equipo confiable, sintiendo el rumor del mar acompasado con nuestros progresos.

Por último, y no menos importante, he aprendido una lección de vida: hay días que no se puede salir a navegar y es mejor quedarse en puerto, y permanecer los días que sean necesarios, allí protegidos. He aprendido lo que es el mar de fondo, y las olas que crea la inercia marina tras un temporal, aunque ya no haya viento. He aprendido a aceptar y a esperar. La humildad ante lo que queda fuera de nuestro control.
PD: Gracias a Paco S. C., nuestro profesor de náutica, por el regalo que nos ha hecho a través de todas sus enseñanzas, por su voz experimentada, y por hacernos llegar el manifiesto del “Slow sailing” de Joan Sol, que tanto nos gustó.

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